viernes, 27 de marzo de 2009

ENTREVISTA - Lisandro Alonso: Noticias de un silencio helado.


Todos los Viernes, Sábados y Domingos de Noviembre (2008), en la sala Lugones del Complejo Teatral San Martín se proyectó Liverpool, cuarto film del director argentino Lisandro Alonso. La película fue presentada mundialmente en la Quincena de los Realizadores del festival de Cannes, evento al que Alonso ya había concurrido con sus tres películas anteriores: La libertad, Los muertos y Fantasma. Sumando elementos más tradicionales al estilo narrativo de Alonso y filmada por completo durante el invierno en Tierra del Fuego, Liverpool cuenta la historia de Farrel, marino solitario y silencioso que después de veinte años de ausencia decide visitar a su madre en su pueblito natal, en las afueras de Ushuaia. Sin embargo su carácter hosco irá dilatando el encuentro en una demora en la que se intuyen el miedo y la culpa que han ido cavado la distancia y el tiempo. “Me parece que hay más elementos, más experiencia y aprendizaje puestos en Liverpool”, afirma Alonso. “A lo mejor parece una película más clásica en el nivel formal... hay un poco más de información, pero me parece que no pierde los elementos con los que venía trabajando en mis películas previas. Aunque no sabría definirla, Liverpool se me hace un avance en mi deseo de querer contar de una manera más sólida”.

Si bien Fantasma actúa como una suerte de cierre formal a la primera etapa de su filmografía, Liverpool consigue no ser ajena a ese conjunto, entrelazándose con ese círculo en apariencia cerrado que forman La Libertad, Los Muertos y Fantasma.

Siempre pensé a Liverpool como una especie de La libertad y Los muertos con los ingredientes de Fantasma puestos encima. Creo que el resultado natural de esa ecuación es Liverpool, en base a la manera del uso del sonido, a la manera de encuadrar, a la manera de hacer unos planos más estáticos, a la manera de tratar de generar una experiencia de extrañamiento en el espectador, pero sin jugar con la naturaleza o con determinados recursos que tenían las dos primeras, que ocurren en lugares como el monte pampeano o el medio de la selva en el Paraná, que son lugares que uno no los entiende como el que se habita naturalmente y eso ya genera un extrañamiento.

¿Qué elementos en particular hacen de Liverpool una experiencia novedosa dentro de su obra?

Liverpool se hizo más fácil después de haber hecho Fantasma donde filmamos en pasillos, oficinas, baños, ascensores, lugares donde no se puede mover mucho la cámara y entonces se trata de extrañar desde otro lugar: desde el sonido, con el tiempo de plano. Eso fue lo que pasó en Liverpool, en especial cuando filmamos en el barco, donde todo es muy chico, calculado para que el ser humano apenas pueda moverse. En esta película sentí que era perfecto aprovechar el témpano de esa naturaleza, diferente de la otra donde se escuchaban pájaros, el ruido del agua, donde había animales y pasaban barcos; esta versión de la naturaleza era todo lo contrario: ni autos, ni animales, ni gente. No hay vida. Es como un set congelado y salvo cuando caía la nieve no había movimiento. Filmamos en un aserradero que queda en medio de un páramo a sesenta kilómetros del pueblo más cercano por calles de hielo. De hecho el sonidista salía a tomar sonidos del ambiente y cuando en Los muertos escuchaba monos, acá no oía absolutamente nada

¿Ha podido mostrar su película allá en Tierra del Fuego, donde ha sido filmada?

Mirá: la quise estrenar en Ushuaia, porque justamente quiero mostrarle la película a la gente que vive allá, quiero mostrarle los lugares que filmé, mostrarle su puerto, los actores que son de ahí, mostrar el frío que hace ahí y cómo vive determinada gente. Hay dos salas: una en Usuahia y otra en Rio Grande. Las dos salas me dijeron que hablara con el programador, que es un chico de Buenos Aires que programa para cuarenta y tres salas. Hablé con él y me dijo "No, Lisandro, la tuya no la vamos a poner porque yo tengo que hacer dinero con las películas". Le respondí que había hablado con uno de los dueños de la sala y que había manifestado sus ganas de poner Liverpool en su cine. "No; el dueño del cine soy yo" me contestó... Ese es el tipo de diálogo que hay. Le pedí si no podía tener la amabilidad de permitirme mostrarle la película a la misma gente que filmé en Tierra del Fuego. Allá son 140.000 habitantes, ¿sabés cuántos van al cine por mes? Setenta. Me dijo que no porque tenía que poner la película de Suar. Pero eso pasa en todo el mundo, lo que no me parece lógico es que en el país no haya lugares para acceder a otras propuestas, a otro cine.


Artículo publicado originalmente en revista Ñ.

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